A la mañana siguiente, cuando ya habíamos comido y todo el mundo estaba despierto, me atreví a preguntarle a Foila si ya me tocaba juzgar entre Melito y Hallvard. Ella meneó la cabeza, pero antes de que pudiera hablar el ascio anunció: -Todos deben hacer lo suyo al servicio del populacho. El buey arrastra el arado y el perro cuida de las ovejas, pero el gato caza ratones en el granero. Así el hombre, la mujer y hasta el niño pueden servir al populacho.
Foila hizo relampaguear esa sonrisa deslumbrante.
-Nuestro amigo también quiere contar una historia.
-¿Cómo? –Por un momento pensé que realmente Melito iba a sentarse.- Vais a dejar que… dejar que uno de ellos… tener en cuenta…
Ella hizo un gesto, y él farfullo hasta cansarse.
-Pues sí. –Algo le estiró las comisuras de los labios. –Sí, me parece que lo dejaremos. Por supuesto, yo tendré que haceros de intérprete. ¿Es correcto, Severian?
-Si tú lo deseas –dije yo.
-Eso no estaba en el trato original –gruño Hallvard-. Me acuerdo de cada palabra.
-Yo también dijo Foila-. Pero tampoco lo contraviene, y de hecho está de acuerdo con el espíritu del trato, que era que los candidatos a mi mano, ni muy suave ni muy hermosa, me temo, aunque algo está mejorando desde que me han confinado aquí compitieran por ella. Si el ascio creyese que tiene alguna posibilidad, sería mi pretendiente: ¿no habéis visto como me mira?
El ascio recitó: -Unidos, hombres y mujeres son más fuertes; pero la mujer valiente no quiere marido sino hijos.
-Quiere decir que le gustaría casarse conmigo pero no cree que sus atenciones sean aceptables. Se equivoca. –Foila miró a Melito y luego a Hallvard, y la sonrisa se le volvió irónica.- ¿De veras tenéis miedo de que participe en el torneo? En el campo de batalla tenéis que haber huido como conejos al toparos con un ascio.
Ninguno de los dos contestó; al rato el ascio empezó a hablar: -En tiempos pasados, en todas partes había leales a la causa del populacho. La voluntad del Grupo de los Diecisiete era la voluntad de todos.
Foila interpretó: -Érase una vez…
-Que nadie sea indolente. Si alguien es indolente, que se asocie con otros que también lo sean y busquen una tierra indolente. Que cualquiera que encuentren los dirija. Mejor caminar mil leguas que sentarse en la Casa del Hambre.
-…había una granja lejana trabajada por un grupo de gente que no era una familia.
-Uno es fuerte, el otro hermoso, un tercero un artífice sagaz. ¿Cuál es mejor? El que sirve al populacho.
-En aquella granja vivía un buen hombre.
-Que el trabajo lo reparta un repartidor de trabajo sabio. Que el alimento lo reparta un repartidor de alimento justo. Engorden los cerdos. Mueran de hambre las ratas.
-Los otros le escamoteaban la parte que le tocaba.
-El pueblo reunido en consejo puede juzgar, pero nadie recibirá más de cien golpes.
-Él se quejó, y le pegaron.
-¿Cómo se alimentan las manos? Por la sangre. ¿Cómo llega la sangre a las manos? Por las venas. Si las venas se cierran, las manos se pudrirán.
-El hombre abandonó la granja y se echó a los caminos.
-Allí donde se asienta el Grupo de los Diecisiete, se hace la justicia final.
-Fue a la capital y se quejó de cómo lo habían tratado.
-Para los que se esfuerzan haya agua clara, Haya para ellos comida caliente y cama limpia.
-Volvió a la granja, cansado y hambriento tras el viaje.
-Nadie ha de recibir más de cien golpes.
-Volvieron a pegarle.
-Detrás de cada cosa se encuentra algo más, siempre; así el árbol detrás del pájaro, la piedra bajo la tierra, el sol detrás de Urth. Detrás de nuestros esfuerzos, nuestros esfuerzos.
-El hombre justo no se rindió. De nuevo dejó la granja y fue a la capital.
-¿Serán oídos los demandantes? No, porque gritan todos juntos. ¿Quién será oído pues? ¿Quién grite más fuerte? No, porque todos gritan más fuerte. Serán oídos los que griten más tiempo, y a ellos se les hará justicia.
-Al llegar a la capital, acampó ante el umbral mismo del Grupo de los Diecisiete y rogó a todos los que pasaban que lo escuchasen. Al cabo de largo tiempo fue admitido en el palacio, donde los que ejercían la autoridad escucharon y atendieron sus quejas.
-Así dice el Grupo de los Diecisiete: A los que roban, quitadles lo que tienen, pues nada es suyo.
-Le dijeron que regresara a la granja y, en nombre de ellos, les dijera a los hombres malos que debían irse.
-Como el buen hijo para la madre, así el ciudadano para el Grupo de los Diecisiete.
-Él hizo lo que le habían dicho.
-¿Qué es el habla necia? Un viento. Ha entrado por los oídos y sale por la boca. Nadie ha de recibir más de cien golpes.
-Se burlaron de él y le pegaron.
-Que detrás de nuestros esfuerzos se encuentren nuestros esfuerzos.
-El hombre justo no se rindió. Una vez más volvió a la capital.
-El ciudadano restituye al populacho lo que al populacho es debido. ¿Qué es debido al populacho? Todo.
-Estaba muy cansado. Llevaba la ropa hecha harapos y los zapatos gastados. No tenía comida ni nada para comerciar.
-Mejor ser justo que bondadoso, pero sólo el buen juez puede ser justo; quien no puede ser justo que sea bondadoso.
-En la capital vivió mendigando.
En este punto tuve que interrumpirlos. Le dije a Foila que en mi opinión era maravilloso que entendiera tan bien lo que cada frase trillada significaba en el contexto de la historia, pero no llegaba a entender cómo lo hacía: como sabía, por ejemplo, que la frase sobre la bondad y la justicia quería decir que el héroe era ahora un mendigo.
-Bueno, imagina que otro está contando una historia, Melito, quizás, y en cierto punto alarga la mano pidiendo dinero. Sabrías lo que significa ¿no?
Asentí.
-Aquí es lo mismo. A veces encontramos soldados ascios demasiado hambrientos o enfermos para seguir a los demás, y cuando comprenden que no vamos a matarlos lo que sueltan es ese asunto de la bondad y la justicia. En ascio, claro. Es lo que en Ascia dicen los mendigos.
-Serán oídos los que griten más tiempo, y a ellos se les hará justicia.
-Esta vez tuvo que esperar mucho antes de ser admitido en el palacio, pero al fin lo dejaron entrar y oyeron lo que tenía que decir.
-Los que quieren servir al populacho habrán de servir al populacho.
-Dijeron que meterían a los hombres malos en la carcél.
-Haya para los que se esfuerzan agua clara. Haya para ellos comida caliente y cama limpia.
-El hombre volvió a su casa.
-Nadie ha de recibir más de cien golpes.
-Volvieron a pegarle.
-Que detrás de nuestros esfuerzos se encuentren nuestros esfuerzos.
-Pero no se rindió. Una vez más partió hacia la capital a quejarse.
-Los que luchan por el populacho luchan con mil corazones. Los que luchan contra el populacho luchan sin corazón.
-Entonces los hombres malos tuvieron miedo.
-Nadie se oponga a las decisiones del Grupo de los Diecisiete.
-Se dijeron: <<Ha ido una y otra vez al palacio, y todas las veces les habrá dicho a los gobernantes que no les obedecimos. Seguro que esta vez mandan soldados a matarnos>>.
-Si tienen las heridas en la espalda, ¿quién les restañará la sangre?
-Los hombres malos huyeron.
-¿Dónde están los que en el pasado se opusieron a las decisiones del Grupo de los Diecisiete?
-Nunca se les volvió a ver.
-Haya agua clara para los que se esfuerzan. Haya para ellos comida caliente y cama limpia. Entonces cantarán en el trabajo, y el trabajo será para ellos luz. Entonces cantarán en la cosecha, y la cosecha será abundante.
-Entonces el hombre justo regresó a su casa y vivió feliz por siempre.
"El Libro del Sol Nuevo" de Gene Wolf
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